CUANDO EL MIEDO ACECHA

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Por: Andrea S. Peñaherrera H.

Por experiencia propia la maternidad es un escenario donde el miedo está a flor de piel, pues hay un (o varios) ser humano que depende de las decisiones que uno tome como adulto/a, y muchas de esas decisiones determinarán el resto de la vida de una persona.

A éstos se suman varios miedos cotidianos que suelen inquietarnos; para ellos recomiendo el video a continuación que trata, con humor, algunos temores ma/paternos; https://www.youtube.com/watch?v=-PBHd8Qlzjo

Pero también nacen los miedos al dolor ajeno, esas ganas de proteger a ese/a pequeñín/ina de cualquier malestar posible, imaginado o real.

Tengo presente ese comercial que circulaba por las redes sociales en la que varios animales salvajes acompañan y protegen a niños/as y adolescentes mientras se desenvuelven en diferentes escenarios, terminando con la frase: “Protege como una madre”. Porque sacamos nuestras “garras” cuando se trata de proteger a nuestros/as hijos/as, tratando de ocultar el temor de verlos sufrir.

Y es que innegablemente vivimos en un mundo cruel e insensible, donde a diario se conocen noticias nefastas y violentas. ¿Cómo no aterrorizarnos y querer convertirnos en esos gigantescos animales salvajes para cuidar a nuestros/as pequeños/as?

Educar en casa, dicen muchos, es encerrar a nuestros/as hijos/as en una burbuja por miedo a que les pase algo; pero la burbuja la podemos crear sea que eduquemos en casa o que escolaricemos a los/as niños/as.

Porque, queramos aceptarlo o no, nos aterra lo diferente, nos espanta ver alterado nuestro sistema y estilo de vida, porque para nosotros ha funcionado, entonces rechazamos a quien, por una u otra razón, se atreve a transgredir ese statu quo en el que la capacidad de hacer, transformar y decidir difiere de la nuestra.

Ese miedo a construirnos, y deconstruirnos como seres sociales en comunión porque, claro, ese otro está afectando, o puede llegar a hacerlo, con sus ideas y acciones que no concuerdan con las mías. Entonces el ideal de sociedad, de colectivo o comunidad se fragmenta, y lo que comenzó como diferencias que nos incomodan, terminan convirtiéndose en cotidianidades fragmentadas y aisladas. Terminamos solos con nuestros ideales.

Es verdad que admitir que existe una diversidad de la que formamos parte es un paso muy importante que nos permite bajar las armas por un momento y mirarnos a los ojos para darnos cuenta que somos humanos aprendiendo a vivir; pero no es el único paso que hay que dar si estamos queriendo construir nuevos escenarios para nuestros hijos y nuestra familia. Somos seres humanos con capacidades y con límites, con cualidades y defectos, productos de una historia mal contada, quienes tenemos la capacidad de reconocernos como lo que somos: diversos e imperfectos, y quienes somos capaces de trabajar en torno a esa diversidad y responder a las demandas y requerimientos de cada individuo, en donde las llamadas “diferencias” nos ayuden a sumar y a enriquecernos y no a dividirnos. Conocer al otro nos permite entendernos, aceptarnos y construirnos en comunidad. Nos permite trabajar nuestros miedos para reemplazarlos con seguridad, confianza y amor. Rodearnos con personas que tengan objetivos en común puede permitirnos aprender a mirar nuestros más grandes miedos para trabajarlos en colectivo y, aunque sea preciso mantenerse alerta, podamos ayudar a nuestros hijos/as crecen en un ambiente de seguridad y amor.

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